Abel Pintos, el festejo de una familia en expansión

Por Karina Ocampo

Abel Pintos no es un cantante. No. Cualquiera podría cometer el error de pensarlo, porque vinimos a verlo cantar, y en unos minutos estará sobre el escenario del estadio Único de la Plata frente a un público que hace tiempo se rindió al imán de sus canciones. Pero sería una mirada parcial, una primera impresión que solo se puede completar si uno acepta la experiencia completa de asistir a su show al menos una vez en la vida.

El reloj del celular marca las 21:00, las noticias sobre la violencia en el fútbol argentino todavía ocupan espacio en los medios y las redes sociales pero alrededor del estadio el objetivo es ingresar a tiempo y encontrar ubicación para el inicio de una noche que promete ser memorable. “La familia festeja fuerte” es el nombre de la gira que hoy presenta Abel Pintos, que alude a la familia abelera que supo conseguir, y también es su último trabajo grabado en vivo en 2017 durante uno de los dos recitales en el estadio Monumental, que marcaron el punto más alto de popularidad en su carrera. ¿Qué vino después de aquel clímax multitudinario? Lo de siempre, la rutina del artista desde la más tierna adolescencia, giras y festivales provinciales, aunque con predios cada vez más repletos, un sitio ganado como principal atracción, los viajes a España o Perú, donde su música llegó gracias a la masificación a través de Youtube y Spotify,  sumado al apoyo discográfico de Sony; que dan cuenta de un fenómeno que desbordó la lógica y lo situó en en el podio de los elegidos.

La noche del 24 de noviembre todavía es fresca pero las luces del escenario deben tener la temperatura ideal para despojarse de los abrigos porque Abel Pintos sale a escena solo cubierto por una remera metalizada cobriza, pantalones negros y zapatillas blancas. Lleva unos lentes oscuros que son casi un sello de su estética y dejan a resguardo lo que algunos describen como el espejo del alma. Hay diversidad en el público, mayoría de mujeres, pero también hombres que aceptaron con gusto -o resignación-, acompañarlas, otros que fueron por iniciativa propia. Es el caso de una pareja de Rosario, o un grupo de chicas de Capital que se quedaron sin entradas para los shows de Obras y no quisieron perderse la fiesta. Todos viajaron desde distintos puntos del país hasta la Plata para asistir al concierto que media hora más tarde de lo previsto arranca con la reflexiva De solo vivir y le da paso a Revolución y Pájaro Cantor, temas que se reciben de pie, con saltos y a los gritos emitidos por un coro que los conoce a la perfección, tiene el permiso de desafinar y cada tanto deja escapar un exaltado “¡Te amo, Abel!” pero enseguida responde al juego de complicidad que dirige el hombre que ahora agradece, sonríe y dice que mejor nos sentemos porque hay temas que son para disfrutar desde las sillas del campo y las gradas, y que esto va a ser largo, muy largo.   

El estilo ecléctico de sus temas que atraviesan el rock y el pop, se sumerge en las baladas. Cómo te extraño es la primera de las muchas que vendrán, que deja expuesto el histrionismo de un ser que ama y sufre como un cantaor flamenco herido. Abel se mueve, y a veces pareciera un muñeco a punto de desarticularse, un Buddy de Toy Story, altísimo y delgado que sin embargo se vuelve sutil para cantar Mariposa y conecta todo su cuerpo con la emoción del momento en el que compuso Una razón: “Hoy quiero dar un paso atrás, se acaba aquí tu voluntad. Ya no tendrás mis lágrimas, no quiero más este cuento del último aliento, claramente tengo miedo de perder…” Tal vez esta sea una de las claves para comprender sus ojos humedecidos a pesar de la repetición, el nudo en la garganta de los miles que asisten a sus conciertos y la sensación generalizada de ser parte de una verdad esencial que, como una obra de teatro, transcurre en tiempo real.

Después del cover de Pensar en nada, que interpreta a dúo con Fabricio Rodríguez, uno de los invitados -el otro es Santiago Cruz, de Colombia, en Tiempo-, Abel toma la palabra para agradecer el recorrido del álbum y para dar ánimo en “días conmovedores, en los que pasan cosas fuertes”. Apenas roza la coyuntura al reafirmar que más allá de todo, la familia continúa firme en esa comunión que nada parece detener.

Poco queda de la generación de jóvenes promesas que a fines de la década del 90 se consagró en Cosquín con su folklore modernizado que horrorizó a los puristas. Soledad, Luciano Pereyra y el mismo Abel, cimentaron sus carreras con horizontes más amplios, y abrazaron otros géneros pero siempre guardaron un espacio para la música de su tierra. Por eso suena tan natural la chacarera La flor azul, compuesta por Mario Arnedo Gallo y acompañada por las clásicas guitarras folclóricas y las palmas que bajan con eco desde las gradas, así, el artista, le rinde homenaje a su propia historia, aquella que cuenta que Raúl Lavié reconoció en él la semilla del artista y el gran León Gieco le dio su padrinazgo y la libertad rockera.

Llega el turno de mover las caderas, y Abel Pintos no le escapa al ritmo sensual, con Cumbias, la bachata Aventura, y el sonido contagioso de los vientos en Todo está en vos y Tu voz, en versión reggae. Con el equipo de siempre, entre los que se destacan su hermano Ariel Pintos y Marcelo Predacino en guitarras, y Fredy Hernandez en teclados, hay un entendimiento que no requiere de miradas. Salvo al comienzo, en donde el volumen del bajo retumbaba demasiado en los graves, la banda suena compacta y más que aceitada. No hay gran despliegue de producción visual, la puesta es sencilla pero efectiva. Es evidente que el protagonista de las tres pantallas gigantes, el que concentra toda la atención, es el cantante que supo tener rulos, de los que se despojó en épocas de reevolución. Durante tres horas mantiene su energía impecable, y parece un abuso pero en la previa a los bises se anima a los agudos desafiantes de Oncemil que interpreta, esta vez, sin compañía femenina, solo con una copa de agua que hidrata sus cuerdas vocales.

De camisa rosada y un llamativo saco dorado, sale una vez más. Después de treinta y cuatro canciones, lo que reste será un regalo. Cinco canciones más que despiertan exclamaciones, todos hits. Se nota que el escenario es el lugar en el mundo que mejor le sienta, el que lo hace feliz, imposible quedar indiferente ante semejante torbellino de entrega, la felicidad es compartida, las lágrimas frente a la devolución de más de 30 mil personas, genuinas. Abel demuestra un virtuosismo admirable en la voz, pero no alcanza para explicar el secreto de un éxito que traspasa fronteras y lo convierte en uno de los artistas argentinos más destacados de los últimos años. Cantante, performer, compositor, artista, no hay manera de describirlo en su totalidad. Sus letras, aunque algunas desgarradoras, tienen el sabor de un abrazo de consuelo, con una búsqueda que tiene mucho de lecturas, soledad y filosofía, y una actitud que lo define y decidió tatuarse en el cuello: Gratitud.

Abel se despide con el saludo acostumbrado, una especie de bendición. Laicos y religiosos, los que creemos en esa fuerza poderosa que es la música, colocamos nuestras palmas hacia él para recibir su energía.  El cierre, con A – Dios, dura varios minutos, “¿viste cuando escuchas un tema y sentís que tu alma se expande tanto que tu cuerpo no puede contenerlo?”, comenta un tal Martín en su video de Youtube, y cuenta que fue a River la primera vez para acompañar a su familia y ahora no deja de escucharlo. La sensación es contagiosa. El final del tema se repite como mantra, con distintas variaciones: “Te pensaré, te sentiré te extrañaré cada día”, llega a susurro y vuelve a subir el volúmen con el acompañamiento del público, hasta que toda la banda agradece y no queda más que un escenario iluminado y vacío. La luna llena asoma por el estadio Único de La Plata, salimos, ya es madrugada, desde el estéreo de un auto se escucha la voz de Abel que marca el camino de regreso a una realidad con filtros más luminosos.

Autor entrada: Redacción

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